A Santiago Matamoros no lo recibe una escena del crimen, sino una ciudad que parece haber decidido ensañarse con él. Regresa a la policía después de cuatro meses de licencia psiquiátrica, todavía golpeado por la desaparición de su hija Esmeralda y aferrado a una frase que repite como un mantra inútil: “Todo va a estar bien”. No va a estarlo. El cadáver que lo espera apenas abre la puerta a algo mucho más oscuro.
Así comienza Tan ignorado como aquí. El capitán Santiago Matamoros y el caso del librero de San Isidro, de Mario Zegarra, una novela que parte del policial para desbordarlo enseguida. Hay asesinatos, pesquisas, corrupción y criminales, pero también fantasmas, ocultismo, sexo, violencia, rock, humor negro y una Muerte con bastante disposición para conversar.
Un policía roto
Matamoros tiene algo del detective clásico, aunque pasado por la trituradora de Lima. Es duro, vulgar, intuitivo y también profundamente vulnerable. Su compañero, Epifanio Ruiz, funciona como contrapunto y cómplice. Entre ambos existe una amistad nacida en los años del conflicto con Sendero Luminoso, una experiencia que sigue respirando debajo del presente.
Zegarra entiende bien que sus personajes no llegan limpios a ninguna escena del crimen. Todos arrastran algo. En Santiago, la desaparición de Esmeralda vuelve imposible separar al policía del padre. Cada pista puede acercarlo a una verdad que necesita conocer y, al mismo tiempo, teme encontrar.
El muerto que sigue hablando
La gran irreverencia de la novela aparece con Magistelo Zacarías, el librero asesinado. Cuando su cuerpo es encontrado, uno podría pensar que su papel ha terminado. Ocurre exactamente lo contrario.
Magistelo empieza a narrar.
“Sí, ese sanguinolento cadáver en pasta soy yo, señoras y señores”, dice, con una naturalidad macabra. Desde ahí, la novela rompe una de las reglas básicas del policial. El muerto sabe más que quienes investigan su muerte.
Estudiante de Literatura en San Marcos, librero, lector voraz y traficante ocasional de libros y objetos de procedencia dudosa, Magistelo convierte la literatura en parte central del misterio. Poe, Lovecraft, Bukowski, Dazai y otros autores aparecen no como decoración culta, sino como habitantes naturales de su mundo.
A eso se suma Línea, la extraña presencia con la que dialoga después de morir. Esa conversación introduce una zona fantástica donde el tiempo se vuelve inestable y la investigación policial empieza a rozar algo mucho más inquietante.
Lima no es un escenario
Uno de los mayores aciertos de Zegarra está en su ciudad. Lima no funciona como fondo, sino como otra sospechosa.
Quintas decadentes, mercados, bares, discotecas, librerías, comisarías y negocios clandestinos componen una geografía atravesada por la corrupción y el abuso. La legalidad y el delito se mezclan hasta formar una misma corriente.
También el lenguaje pertenece por completo a esa ciudad. Zegarra escribe desde la jerga, la grosería, el humor callejero y una oralidad agresiva. La violencia tampoco se suaviza. Hay escenas brutales, explotación sexual y cuerpos sometidos a distintas formas de poder.
Por momentos, esa insistencia en el exceso puede cansar. Algunas escenas se prolongan más de lo necesario y ciertas digresiones amenazan con apartar demasiado la novela de su centro. Sin embargo, esa desmesura es también parte de su identidad. Tan ignorado como aquí no busca ser elegante. Busca ser incómoda.
La cita de Gottfried Benn que abre el libro ofrece una clave: “En ningún otro lugar se grita tanto”.
En esta novela todos gritan.
El ruido que queda
Debajo de los cadáveres, el sexo, las mafias, los fantasmas y los libros malditos hay algo bastante más simple y doloroso: personajes intentando no quedarse solos.
La relación entre Santiago y Epifanio termina siendo uno de los corazones del libro. En medio de un universo donde casi todo puede comprarse, corromperse o destruirse, la lealtad entre ambos permanece.
Mario Zegarra ha escrito una novela negra, fantástica y macabra que se niega a escoger una sola identidad. Deslenguada, culta, callejera y feroz.
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