Hay madres que conocen los horarios, los profesores, los zapatos y hasta la ubicación exacta del teléfono de sus hijos. Y, aun así, no saben quiénes son. Esa distancia entre conocer y comprender sostiene Del abismo, una hija, de Constanza Jaramillo Cathcart, una novela sobre maternidad, identidad y memoria que también se atreve a cuestionar quién tiene derecho a contar la historia de otro.
Rebeca Karovsky es una reconocida periodista del City Times, acostumbrada a investigar guerras, migraciones y abusos de poder. Ha construido su carrera observando. Sin embargo, no ha sabido mirar del todo a Jessica, su hija adoptiva, una adolescente colombiana criada en Nueva York que comienza a escapársele de las manos.
Cuando Jess sufre una grave caída y queda hospitalizada, la novela cambia de dirección. Rebeca intenta inicialmente enfrentar la tragedia como enfrenta el resto de su vida: organizando, investigando, haciendo listas. Hasta que comprende que no existe una tabla capaz de devolverle a su hija.
Los diarios que hablan
El recurso más poderoso de la novela aparece entonces. Madre e hija han escrito diarios durante años y esos cuadernos se convierten en una conversación entre dos personas que ya no pueden hablarse.
Al leer los de Jess, Rebeca descubre a una hija distinta. Inteligente, irónica, insegura, a veces cruel y dolorosamente consciente de su lugar en el mundo. Jess intenta comprender qué significa ser colombiana y latina cuando ha crecido dentro de los códigos culturales de su madre estadounidense. Su cuerpo parece contar una historia que su lengua y su educación contradicen.
Aquí Jaramillo Cathcart toca uno de los nervios más interesantes del libro: la identidad como territorio incierto. Jess pertenece y no pertenece. Es hija y extranjera. Original e imitación.
No es casual que Rebeca esté escribiendo un artículo sobre productos falsificados y se pregunte qué convierte a una cosa en auténtica. La misma pregunta termina persiguiendo su maternidad.
La periodista que no supo mirar
El oficio de Rebeca adquiere entonces una ironía dolorosa. Ha pasado buena parte de su vida buscando historias, entrevistando desconocidos y entrando en territorios ajenos para reconstruir una verdad. Ahora debe hacer lo mismo con su hija.
Pero los diarios no son la única puerta. El trabajo periodístico de Jess, su relación con Gregorio, las redadas migratorias y ciertos movimientos que Rebeca comienza a investigar revelan una vida que continuaba fuera de su mirada. La madre que creía vigilarlo todo descubre que había confundido control con conocimiento.
La investigación termina conduciéndola mucho más atrás, hasta el origen de Jess y las circunstancias en que llegó a convertirse en su hija. Allí la novela da su giro más incómodo. Rebeca descubre que algunos recuerdos no eran exactamente mentiras, sino verdades acomodadas hasta resultar soportables.
Lo que queda después del abismo
Jaramillo Cathcart evita convertir a Rebeca en una madre ejemplar. Puede ser amorosa y controladora, generosa y clasista, valiente y egoísta; y tampoco idealiza a Jess. Las dos tienen sus claroscuros. Son muy humanas y palpables. Precisamente por eso funcionan.
Hacia el final aparece una frase mínima y devastadora: «Te quise, Jess».
No significa “te salvé” ni “hice lo correcto”.
Solo: te quise.
Y quizá allí esté el corazón de Del abismo, una hija. Amar no significa comprender. Tampoco absuelve del daño ni concede derechos sobre la historia de quien amamos.
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