
Desde su propio título, Todos los muertos de mi felicidad, del escritor peruano Gabriel Rimachi Sialer, el libro anuncia una poética incómoda, donde la memoria, el deseo y la violencia no se ordenan sino que se superponen, como capas de una ciudad herida. Publicado como un volumen de cuentos , este conjunto funciona más como un descenso progresivo que como una simple colección: cada relato empuja un poco más hacia zonas donde el lector preferiría no quedarse demasiado tiempo.
El cuerpo como campo de batalla
Uno de los rasgos más persistentes del libro es la manera en que el cuerpo aparece como territorio de conflicto. En “Ciudad solitaria”, el relato que abre el volumen, el aborto clandestino no es solo un evento narrativo, sino una experiencia brutalmente sensorial. Rimachi no suaviza nada. La escena quirúrgica, casi insoportable, expone la precariedad, el miedo y la culpa de dos jóvenes enfrentados a una decisión que los excede. No hay discurso moral explícito, pero la violencia del procedimiento lo dice todo.
Esa misma lógica se radicaliza en cuentos como “Sérpico, sin Al Pacino”, donde el cuerpo deja de ser vulnerable para convertirse en objeto de tortura. Aquí la violencia ya no es circunstancial, sino estética. Los personajes hablan de “trabajar con piel viva”, como si el dolor fuera una forma de arte. El resultado es perturbador, pero también revelador: hay en estos cuentos una obsesión por explorar hasta dónde puede llegar la degradación humana sin romper del todo el relato.
Lima como escenario emocional
La ciudad no es solo un fondo, es un personaje. Lima aparece una y otra vez como un espacio gris, húmedo, moralmente ambiguo. En “Monsieur Hernández”, por ejemplo, la redacción periodística se convierte en una maquinaria de desgaste donde la tragedia ajena se consume como producto. El protagonista arrastra un duelo íntimo mientras escribe noticias que ya no significan nada. En un momento, la voz narrativa reconoce que “ya no puedo diferenciar el olor de la tinta del olor de los muertos”, una frase que condensa la esencia del cuento y, en cierto modo, del libro entero.
Rimachi construye una ciudad donde todo parece corroído: las relaciones, el lenguaje, incluso la vocación.
Lo íntimo y lo monstruoso
Uno de los logros más inquietantes del libro es cómo entrelaza lo íntimo con lo monstruoso. “Elogio de la sirvienta” explora el deseo desde una perspectiva incómoda, atravesada por el poder, la culpa y la manipulación. No hay personajes inocentes. Todos participan, de alguna forma, en la corrupción del otro.
Algo similar ocurre en “Ofelia”, donde lo cotidiano se desliza hacia lo fantástico sin romper del todo la lógica del relato. La escena del cadáver que parece “reconocer” al protagonista no busca el susto fácil, sino una inquietud más profunda, casi existencial. El tiempo, la identidad y la muerte se mezclan en una atmósfera que recuerda que lo extraño no siempre viene de afuera.
Tecnología, amor y desolación
Quizá uno de los cuentos más contemporáneos sea “Paraísos artificiales”. Aquí la tragedia se desplaza hacia el mundo digital. Un adolescente, Marco, que atraviesa una depresión porque su novia lo dejó, establece una relación con la IA que termina sustituyendo la realidad. Lo que podría haber sido una sátira se convierte en algo mucho más oscuro: una historia de soledad radical, donde el amor es mediado por algoritmos y termina en una decisión irreversible.
El cuento no exagera el futuro, lo acerca demasiado al presente y deja flotando la incómoda pregunta de ¿cuánto falta para que ese tipo de vínculo deje de parecernos extraño?
Ecos y diálogos
El libro también dialoga con otras tradiciones. “¿Quién mató a Palomino Molero?” retoma el universo de Vargas Llosa desde una mirada distinta, más sombría, casi desencantada. No es un homenaje complaciente, sino una relectura que enfatiza la violencia estructural y el absurdo de ciertas jerarquías.
En “Manual del ingresante”, en cambio, aparece el tema de la migración y la precariedad laboral, tratado con un humor negro que duele. El protagonista, un joven venezolano llamado Valkylmer que abandonó sus estudios y emigró al Perú, reparte flyers disfrazado de libro bajo el sol limeño.
Una escritura que incomoda
Gabriel Rimachi muestra lo oscuro desde una mirada que entiende la fragilidad de quienes lo habitan; en Todos los muertos de mi felicidad, la felicidad no desaparece del todo, más bien se transforma en algo espectral, en un recuerdo que insiste incluso en medio de la violencia.
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