Los fantasmas que dejamos atrás

Una mujer desaparece en Chicago y quienes creen conocerla descubren algo incómodo: en realidad saben muy poco de ella. No dónde podría haberse ido, no quiénes eran sus personas más cercanas, ni siquiera qué clase de vida llevaba cuando salía de las reuniones de la revista Caracruz. Ese vacío es el verdadero territorio de Aquí no encontrarás a Weeping Sally, la novela de Luis Alejandro Ordóñez publicada por Ars Communis Editorial.

Todo empieza, sin embargo, bastante lejos de allí. Una fotógrafa de bodas llamada Raphaella trabaja durante un día de niebla en Chicago. Al revisar las imágenes descubre en el rostro de una novia algo que no estaba allí cuando tomó las fotografías. Intenta corregir la imagen y termina contemplando la cara de una mujer muerta.

Parece el comienzo de una historia de terror.

Una leyenda que cambia mientras la cuentan

Lea Suárez, venezolana y colaboradora de Caracruz, investiga para un número dedicado a mitos, supersticiones y espantos. Su casero le habla de una supuesta sayona de Chicago que aparece junto al lago Michigan y cuya historia está vinculada con fotógrafos de bodas. Lea comienza a perseguir la leyenda hasta encontrar a Raphaella y descubrir a Weeping Sally, la novia cuyo prometido nunca llegó a la ceremonia y cuyo velo terminó flotando sobre el lago.

Pero cada vez que creemos haber encontrado el origen de la historia aparece alguien dispuesto a contar una versión anterior.

Weeping Sally habría sido creada por Mike Wells, un escritor prácticamente desconocido cuya obra desapareció de bibliotecas, archivos y memoria pública. Su familia está convencida de que alguien se ocupó deliberadamente de borrarlo. Lea intenta rescatar aquella historia y poco después desaparece ella también.

La novela comienza entonces a jugar con una pregunta fascinante: ¿qué diferencia existe entre algo que nunca ocurrió y algo de lo que ya no queda ninguna prueba?

Escribir para que alguien exista

Ordóñez arma la novela como una cadena de relatos que se contradicen, completan y deforman. Hay revistas culturales, periodistas, fotógrafos, inmigrantes, mafiosos, béisbol, leyendas venezolanas y una Chicago cubierta por una niebla que parece borrar los límites entre realidad e invención.

El procedimiento podría resultar artificioso, pero funciona porque debajo del juego literario hay una preocupación profundamente humana.

Cuando Lea desaparece, sus compañeros descubren la precariedad de los vínculos que creían sólidos. Saben que es venezolana, que participa en la revista, que investigaba a Weeping Sally. Poco más. La posibilidad de que estuviera indocumentada vuelve todavía más angustiosa la búsqueda. Su ausencia deja al descubierto lo fácil que puede resultar desaparecer cuando se vive lejos del país de origen y buena parte de la propia historia quedó en otro lugar.

El narrador termina haciendo algo extraordinario. Como no puede encontrar a Mike Wells, comienza a reconstruirlo. Crea su presencia en internet, escribe su biografía y publica los textos perdidos. Ya no importa demasiado si Wells existió exactamente como lo cuentan. Alguien lo está contando ahora.

Buscar a la persona equivocada

Quizá el mayor acierto de Aquí no encontrarás a Weeping Sally llega cuando comprendemos que su verdadero misterio nunca fue Weeping Sally.

Son las historias las que mantienen vivos a los desaparecidos.

Hacia el final comienzan a surgir fotografías en las que Lea aparece accidentalmente al fondo de bodas celebradas en Chicago. Está allí, casi fuera del encuadre, buscando a su fantasma. La investigadora termina convertida en la figura que otros deben aprender a buscar.

Por eso las últimas palabras golpean con tanta sencillez. En las calles de Chicago quizás nadie encuentre a Weeping Sally, dice Lea, “pero si te fijas bien, si te concentras bien y aguzas la mirada, quizás me encuentres a mí. Ojalá”.

 

 

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