Todo este silencio: sobrevivir y escribir desde el borde

En Todo este silencio, Fermina Ponce narra con honestidad brutal su vida atravesada por un trastorno bipolar. Y lo hace con una voz íntima, poderosa y literaria, que transforma la experiencia clínica en relato humano. El libro es una travesía emocional, una protesta contra el estigma y, sobre todo, un acto de amor propio.

Un viaje hacia el centro de la mente

Desde las primeras páginas, Ponce no se escuda. No hay rodeos, no hay maquillaje: “¿Qué pasaría si los tiraba contra una pared?”, se pregunta frente a sus hijos, al borde del colapso. Así empieza el primer relato, “Contra la pared”, que nos sumerge en su experiencia de depresión posparto, y marca el tono del libro: un lenguaje claro, directo, a veces desgarrador, otras poético, pero siempre auténtico.

El texto está compuesto por relatos breves que, más que capítulos, funcionan como entradas de un diario íntimo. En ellos se cruzan la maternidad, la escritura, los hospitales psiquiátricos, la ansiedad, la manía, la culpa, el cuerpo, los gatos, el invierno de Illinois, las luces terapéuticas, y también momentos luminosos como el amor de su esposo, la complicidad con Catalina Gallo, los hijos, los libros.

Escritura como resistencia

Una de las líneas más conmovedoras del libro es aquella en la que Ponce escribe: “Después de diez días finalmente salí del hospital… y lo primero que me embargó… era escribir. Escribir ya mismo. Con urgencia”. Escribir, en su caso, es sinónimo de sobrevivir. La escritura no solo la rescata de los estados más oscuros, también le permite organizar el caos, darle un marco, dejar testimonio y tender puentes.

La lectura y la escritura se convierten en termómetro de sus recaídas y recuperaciones. En momentos de crisis, las palabras se “quedan colgadas” en su mente. Pero cuando el equilibrio regresa, la voz narrativa vuelve con fuerza. Así nace el poemario Sin nombre, que brota luego de una internación, y también este libro: un relato-memoria sobre cómo se puede volver de la oscuridad con palabras, aunque estén rotas.

Un cuerpo que pesa

Uno de los pasajes más lúcidos del libro es el dedicado al cuerpo. El peso, los cambios físicos, la mirada ajena, la ropa que ya no entra, el espejo como enemigo. “¿Cómo se hace para abrazar tanta piel en el cuerpo?”, se pregunta Fermina. El cuerpo medicado, envejecido, juzgado. Pero también el cuerpo que se reconcilia con sus curvas, que aprende a perdonarse. El cuerpo como territorio de lucha y de aceptación.

Y en paralelo, el amor. Fermina no romantiza su matrimonio, pero sí agradece. Su esposo está siempre ahí: en el teléfono que la calma durante un ataque de ansiedad en una tienda, en el abrazo que recibe después del primer episodio grave, en la cocina mientras comen espaguetis con sus hijos. Es un amor que no salva, pero acompaña. Y eso es muchísimo.

No soy bipolar, tengo un trastorno bipolar

El último tramo del libro funciona como manifiesto. Ponce escribe contra el estigma, contra la cultura del silencio. No es una terapeuta ni pretende serlo, es una mujer que decidió hablar para abrir un espacio de conversación. Su proyecto Conversemos —talleres de escritura expresiva para personas con enfermedades mentales— es una extensión natural de este libro, que insiste en la idea de que no estamos solos.

Fermina lo dice claramente: “No soy bipolar. Tengo un trastorno bipolar”. Y lo que Todo este silencio nos recuerda es que las enfermedades mentales no definen a nadie, pero sí marcan profundamente las formas de vivir, de sentir, de criar, de amar, de leer, de escribir.

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