Los Onetti: un padre, dos hijos, quince cuadernos y todo lo que nunca se dijo

Un paquete llega por correo con el remitente equivocado: Mario Onetti ha muerto, pero su nombre sigue apareciendo como emisor. Su hijo Fernando lo recibe confundido, todavía dolido por el duelo. Lo abre. Adentro hay una carta y quince cuadernos numerados. Una bomba de tiempo.

Con esta escena mínima y poderosa empieza Los Onetti, la primera novela de Javier Lentino, que se presenta como una historia familiar y termina siendo un artefacto emocional cargado de memoria, ternura, revelaciones y verdades incómodas. Lentino logra algo difícil: hace que queramos seguir leyendo sobre una familia común —la suya, la tuya, la de cualquiera— como si estuviéramos abriendo nuestro propio álbum de fotos manoseadas.

El archivo del padre

Mario Onetti, el patriarca, ha muerto, pero no se va del todo. Dejó los cuadernos como quien deja migas de pan para volver. En ellos, se confiesa: habla de su juventud desbocada, del trabajo en una pizzería, de su relación con María, de la aparición fulgurante de Lucía, de traiciones, silencios, miedos, éxitos, fracasos, decisiones. Escribe para sus hijos, pero también para sí mismo, para ordenarse, para entender algo.

Los cuadernos son un gesto de amor brutal. Brutal porque están escritos con la sinceridad de quien ya no tiene nada que perder. Amor porque hay una voluntad clarísima de reparación. Mario intenta ser mejor padre después de muerto. Quiere que sus hijos lo conozcan más allá del padre, como hombre.

Y ahí está el núcleo más fuerte del libro: cómo convivimos con lo que no supimos de nuestros padres.

La novela como casa familiar

En paralelo a la lectura de los cuadernos, Los Onetti nos muestra el presente de Fernando y Mariano —los hijos— mientras avanzan en la lectura. Discuten, se ríen, se emocionan, se pican con teorías absurdas, se cuidan. No hay sentimentalismo. Hay amor fraternal genuino, lleno de ironía, fastidio, ternura. El libro está lleno de escenas de asado, de cocina, de barrio. Y entre una cerveza y otra, los Onetti reconstruyen una vida. También la suya.

La voz narrativa va cambiando de manos y tonos: los cuadernos son íntimos, confesionales, cargados de anécdotas, nostalgia y giros sensibles; el presente está narrado con humor seco, muy argentino, muy porteño. Es una novela profundamente sentimental sin ponerse nunca melosa.

Una novela con olor a medialunas

Los Onetti se lee fácil, rápido, como si estuviéramos escuchando a alguien contar su vida entre café y facturas. Y ahí radica su mayor virtud: Lentino hace de lo cotidiano una zona de revelación. Una pizzería de barrio puede ser el escenario de una tragedia emocional; una pelea por un lugar para estacionar puede esconder años de celos no dichos; una carta puede cambiar la forma en la que entendemos a quien nos crió.

Lentino tiene oído, tiene ritmo, y tiene algo todavía más raro: una calidez honesta. No busca epatar ni complacer. Escribe con la voz de alguien que quiere contar algo importante, y lo hace con precisión, humildad y gracia.

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