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Historia de un brazo

 

Mi hijo Adolfo me dio la noticia. Mi madre lo llamó por teléfono a media mañana para que fuera él quien se ocupara de comunicármelo. “Para ella era difícil decírtelo, papá”. Vi en Adolfo una expresión abatida. Me abrazó. Como es más grande que yo, y con sobrepeso, me sentí estrujado y con cierto sofoco. Mi padre muerto. Los detalles de cómo sucedió los obtuve después, no por Adolfo sino por mi madre. La llamé por teléfono apenas él se marchó. Lo que le sucedió a mi padre fue algo previsible. No soportó una de las sesiones de diálisis a las que estaba sometido en los últimos años. Sabíamos que próximo a los noventa estos procedimientos de lavado de sangre le podían causar arritmias cardiacas y, como lo llaman los médicos, una muerte súbita. Eso: muerte súbita. Game Over. Fin de partida. Jaque mate. Frases estúpidas que se te cruzan por la mente porque crees que estás preparado para estas noticias. Mi madre me lo volvió a contar con más detalles. Quise interrumpirle y preguntar por qué no me llamó ella. Por qué le había sido difícil decírmelo. No lo conseguí. Permanecí atento hasta que noté en ella unos titubeos nerviosos que comenzaron a distraerme. Le pedí que se calmara y me repitiera lo que acababa de decir. Escuché el chasquido de su lengua a través del teléfono. Me dijo que una enfermera, que justo iniciaba su trabajo en el centro de diálisis, fue la encargada de quitarle los cables y la cánula a mi padre muerto. Ella empezó a hacerlo como siempre se hace en estos casos. “Le quitó la camisa”, precisó mi madre, “y la enfermera gritó como una loca”. Yo comprendí lo que había ocurrido. Nadie en ese centro de diálisis se lo había advertido antes a la enfermera nueva. Ella le había quitado la camisa a mi padre y descubrió que él tenía un tercer brazo.

 

Me quedó claro que mi madre estaba más consternada por lo ocurrido con la enfermera que por la muerte de mi padre. Esto no se lo dije. Preferí decirle que no valía la pena pensar en la enfermera. “Ellas están preparadas para esto, mamá”, le insistí. Ellas están preparadas para esto, me repetí mentalmente. Nosotros también estábamos preparados, quise convencerme. Lo pensé seriamente en ese momento, cuando todavía  no sabía lo que iba a pasar horas después. Cuando ni sospechaba lo que podría ocurrir por la llegada de un correo electrónico al día siguiente de su fallecimiento. Con el teléfono en la mano, solo estaba la reciente muerte de mi padre, el grito de la enfermera y el tercer brazo.

Le hablé de otros asuntos de mayor urgencia, como los trámites funerarios que debíamos iniciar. Traté de ser preciso en mis indicaciones, pero, como a mi madre, a mí tampoco me abandonaba la imagen de la enfermera perturbada ante el cadáver de un anciano con tres brazos. Si soy más exacto, la imagen que no me dejaba era la de los ojos alucinados de la enfermera fijos en el tercer brazo; el que se había ocultado por años, el que tenía las dimensiones de un brazo de bebé de pocas semanas de nacido. Además, ese brazuelo, como lo llamaba la familia, fue el único de los tres brazos que mantuvo el puño cerrado al expirar mi padre. Ese puño diminuto se aferraba a algo en el vacío.

*Adelanto de la novela Historia de un brazo, del autor peruano Ricardo Sumalavia.
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