Espejos en un café, de Olivia Maciel Edelman, es una colección de relatos que, más que narrar historias, nos ofrece una forma de mirar —y de mirarnos— a través del tiempo, la memoria y las múltiples capas de la identidad. Es un libro que deja preguntas abiertas largo rato después de la última página.
Dividido en relatos que pueden leerse de forma independiente, Espejos en un café compone un mosaico íntimo donde cada historia es un reflejo (a veces turbio, a veces cristalino) de lo cotidiano, lo político, lo espiritual y lo profundamente femenino. No hay aquí grandes giros argumentales ni fuegos artificiales narrativos: el poder de Edelman reside en su mirada aguda y su capacidad para tensar las emociones en la superficie de lo que parece simple.
Fragmentos del ser
En relatos como “Speculum”, “Una mano de uñas recién esmaltadas estruja una hoja de papel” o “Doña Soledad”, la autora despliega una sensibilidad muy particular para hablar del cuerpo, la extranjería, el deseo y las pequeñas humillaciones cotidianas. La protagonista observa, registra, se desdobla entre los márgenes de la vida doméstica, académica, espiritual. Son personajes, muchos de ellos mujeres, que cargan con una historia —propia y heredada— y que se permiten, a través del acto de escribir o recordar, recomponerse con dignidad.
Edelman escribe desde la experiencia, pero también desde una lucidez casi mística. No por nada aparecen en su universo las prácticas budistas, las visiones chamánicas o los rituales silenciosos de los templos. En cuentos como “El templo de Chua Quang Mihn” o “Pensamientos furtivos”, el lenguaje se vuelve ceremonial, casi confesional, y nos recuerda que también desde la introspección puede construirse lo político.
Territorios íntimos y ciudades ajenas
Hay una tensión constante entre México y Estados Unidos, entre el español y el inglés, entre lo familiar y lo extraño. En ese vaivén se mueve la escritura de Edelman, como una especie de péndulo que no se resigna a pertenecer del todo a un lado u otro. Relatos como “Nueva Orleans” o “Visita al extranjero” exponen esa ambigüedad del migrante: el encanto por lo ajeno, el rechazo soterrado, la nostalgia descolocada.
La ciudad de Chicago aparece como telón de fondo en varios textos, pero no como postal urbana, sino como un paisaje emocional. En cafeterías, vagones de tren o departamentos fríos de otoño, los personajes se enfrentan a sus ruinas y a sus reconstrucciones. No hay épica en esos escenarios, pero sí una belleza melancólica y persistente.
Cerrar los ojos para ver
Quizá uno de los mayores logros del libro es su tono. A ratos nostálgico, a ratos mordaz, Olivia Maciel Edelman construye una voz que no teme a la vulnerabilidad ni al deseo. Es una voz que observa el mundo sin inocencia pero con afecto. Una voz que en lugar de juzgar, acompaña. Una voz —y esto no es poco— que confía en la escritura como una forma de resistencia.
Espejos en un café no busca aleccionar ni deslumbrar. Es un libro cálido, íntimo, lleno de detalles que, como los espejos, devuelven no solo el reflejo de los otros, sino también el nuestro. Y es ahí, en esa intersección entre lo propio y lo compartido, donde se vuelve indispensable.
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