Hay novelas que capturan un tiempo. Otras, más inquietantes, capturan una intemperie. Apartamentos Géminis, de Julio Hardisson, hace ambas cosas. Desde sus primeras páginas, en ese complejo turístico del sur de una isla volcánica donde el sol parece no apagarse nunca, uno intuye que lo que está en juego no es solo la historia de unos jóvenes que orbitan alrededor de cámaras, pantallas y propinas digitales, sino una forma contemporánea de estar en el mundo. O de no estar del todo.
Leo, Lulú, Paula, Hansi, Masha, Lia. Nombres que podrían pertenecer a cualquier urbanización de vacaciones, pero que aquí se mueven dentro de un ecosistema casi alegórico. El complejo Géminis no es solo un escenario, es un dispositivo. Un laboratorio donde se ensaya, con crudeza y ternura, la vida convertida en representación.
El golpe en la cabeza y el destierro de lo real
Leo, arquitecto reconvertido en jardinero y técnico de mantenimiento, arrastra un accidente que le ha dejado una leve secuela cognitiva. “El golpe en la cabeza te dejó, en cierta medida, ensimismado”, leemos en uno de los pasajes iniciales . Esa herida no es solo médica, es simbólica. Leo vive en un estado intermedio, como suspendido entre la Península y la isla, entre la lucidez y la bruma, entre la acción y el extrañamiento.
Su percepción se desdobla con frecuencia. Los sonidos del carrillón se transforman en loops electrónicos. Las escenas cotidianas adquieren una textura de videojuego. El mundo parece pixelarse ante sus ojos. Esa fractura perceptiva es uno de los grandes logros de Hardisson: consigue que el lector experimente la disociación sin perder nunca el hilo narrativo.
El destierro, que la abuela de Jean-Paul nombra con precisión quirúrgica como “la herida del destierro”, atraviesa la novela de punta a punta. No ser de aquí ni de allá. No pertenecer del todo al mundo físico ni al digital. En Leo esa herida es consciente. En otros personajes, es más soterrada pero igualmente lacerante.
Lulú y la coreografía del deseo
Si Leo encarna la fisura interior, Lulú representa la exposición total. Camgirl estrella, joven rusa que ha aprendido a modular la inocencia y el erotismo con la precisión de una profesional, Lulú vive en el filo de la pantalla. Su vida es una sucesión de gestos ensayados que simulan espontaneidad. “Una espontaneidad, pongámoslo así, de segundo grado”, dice el narrador .
Las escenas de streaming son brutales y minuciosas. Hardisson no escatima detalles. El cuerpo de Lulú, el juego de las propinas, la lógica del algoritmo, el vínculo ilusorio con los usuarios. Todo está narrado con una mezcla de frialdad clínica y compasión. No hay moralismo. Hay exposición.
Lo más perturbador no es el sexo explícito, sino la economía afectiva que lo sostiene. Los usuarios no solo quieren excitarse. Quieren ser vistos. Quieren existir unos segundos en la mirada de Lulú. Y ella, a su vez, necesita ese flujo constante de validación para sostener su propia imagen.
Cuando Lulú intenta independizarse de Pavel y sus contraseñas, lo que está en juego no es solo el control de una cuenta. Es la posibilidad de existir sin tutela dentro de una maquinaria que la produce y la explota a la vez. La novela retrata con precisión esa paradoja contemporánea: la ilusión de autonomía dentro de un sistema que todo lo absorbe.
Paula, Lia y el miedo a volverse obsoleta
El universo de Apartamentos Géminis no se agota en el streaming erótico. Paula, exestrella del CasioCore, encarna otro tipo de angustia. La de quien fue novedad y ya no lo es. “La novedad, nombre profesional de la juventud”, recuerda el texto . En Paula late el miedo a quedar fuera del foco, a que el personaje devore a la persona.
Lia, por su parte, huye del éxito prematuro y de la presión mediática. Su disco filtrado, su retiro en la isla, su música experimental que resuena como un lamento electrónico, la convierten en una figura casi espectral. En ella se percibe el cansancio de quien ya ha sido demasiado vista.
Ambas comparten con Lulú una misma tensión: la exposición como oportunidad y como condena. Brillar demasiado pronto. Envejecer antes de tiempo. Ser sustituida por la siguiente imagen fresca que el algoritmo decida impulsar.
Géminis como alegoría
El complejo turístico funciona como un microcosmos del presente. Piscinas circulares vacías, tiendas de accesorios para streaming, apartamentos convertidos en sets improvisados. Todo parece provisional y, al mismo tiempo, perfectamente funcional para la lógica del espectáculo.
Hay algo profundamente contemporáneo en esa coexistencia entre naturaleza volcánica y luces LED, entre tabaibas y trípodes, entre mirlos y drones. Hardisson no contrapone lo natural a lo digital. Los mezcla hasta que resultan indistinguibles.
El estilo, fragmentario y a veces hipnótico, acompaña esa sensación de simultaneidad. La narración se desliza entre la tercera persona, el tú, el monólogo interior, la descripción minuciosa. El lector queda, como Leo, un poco descentrado. Y ese descentramiento es parte de la experiencia.
Un espejo incómodo y necesario
Apartamentos Géminis no es una novela cómoda. Tampoco busca serlo. Nos obliga a mirar de frente la economía del deseo, la fragilidad de las identidades en red, el miedo a la irrelevancia, la tentación de desaparecer o de exhibirse hasta el agotamiento.
Pero también hay ternura. En la relación entre Leo y Hansi. En la compasión de Jean-Paul. En el modo en que algunos personajes, pese a todo, siguen buscando un vínculo real entre tanta luz artificial.
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