Corrupción, cuerpos y calor: la novela negra que arde en la frontera

La frontera es un arma caliente, de Gabriel Trujillo Muñoz, es una novela que se mete al lector en la piel como el polvo seco de Mexicali: incómoda, abrasiva, necesaria. No es una novela que se lea, es una que se huele, se suda, se traga. Con un ritmo impecable y una voz narrativa que lo observa todo con cinismo, inteligencia y dolor, Trujillo Muñoz entrega un noir fronterizo de gran calado, donde la justicia nunca es pura, la verdad se dobla y el poder siempre dispara primero.

Un detective sin ilusiones

Lázaro Duarte, comandante de la policía estatal, es el hilo conductor de esta historia. Desde las primeras páginas lo vemos enfrentarse a un caso que huele raro: el atropellamiento de Atanasio Jurak, un fotógrafo artístico, parece más una ejecución que un accidente. A partir de ahí, todo se enreda en un pantano de intereses políticos, censura, arte erótico, moralina religiosa y una red de poder que prefiere destruir pruebas antes que permitir una verdad incómoda.

Lázaro no es el típico héroe limpio. Es un policía que sobrevive como puede, que entiende cómo se juega el juego y que intenta, cuando le dejan, hacer lo correcto. Pero La frontera es un arma caliente deja claro que lo correcto en México es siempre una zona gris, una negociación sucia, un peligro constante.

El crimen como lenguaje del sistema

La novela se desenvuelve en dos líneas: una, el asesinato de Atanasio Jurak y su posterior encubrimiento a cargo del poder estatal. Otra, ya en la segunda parte del libro, el exilio de Lázaro a Los Algodones, un pueblo de casas rodantes, migrantes viejos y calor infernal, donde empieza de nuevo como jefe de una comandancia olvidada. Ahí, Trujillo Muñoz cambia el tono sin perder fuerza: la sátira se mezcla con el absurdo, el thriller con la crónica burocrática, y el desamparo con una sospechosa sensación de hogar.

Entre denuncias falsas, cadáveres enterrados en patios traseros, falsos secuestros y criminales disfrazados de funcionarios ejemplares, Lázaro descubre que la verdadera ley no es la que está escrita, sino la que se negocia. Y que en los pueblos fronterizos nadie es tan inocente como aparenta.

Una escritura filosa y sin adornos

Trujillo Muñoz escribe con precisión quirúrgica. No hay páginas de más. No hay retórica vacía. La narración está cargada de frases punzantes, humor oscuro y observaciones sociales que golpean donde más duele. El calor no es solo meteorológico, es político, ético, existencial.

“No soy idiota, oficial. Sé lo que pasó en la Carbajal. Todos aquí lo sabemos”, dice un personaje. Y esa línea resume mucho: en este México que retrata el autor, todos saben. Nadie dice. Y el que intenta decir, termina mal.

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