Entrevista a Santiago Vaquera Vasquez por Nocturno de frontera

“Escribir en español desde los Estados Unidos es un acto subversivo: subvierte la idea de que una literatura nacional se debe escribir en una sola lengua”


Una de las voces más originales de la narrativa en español en Estados Unidos es Santiago Vaquera Vasquez, su literatura reposa en la frontera del español y el inglés. Edmundo Paz Soldán ha dicho que Santiago Vaquera Vasquez es escribe algunas de las mejores radiografías de la vida de los hispanos en este nuevo siglo y Junot Diaz que es un “relámpago literario” que “impresiona e ilumina” hasta dejar el lector sobrecogido. En la siguiente entrevista, Santiago nos habla sobre su nueva novela, música, viajes y procesos creativos.

 

Tus obras previas son cuentos y ahora debutas en el género de la novela. ¿Cómo nace este nuevo libro?

Nocturno de frontera nació de un libro de cuentos originalmente titulado El libro que nunca te escribí. El plan original era armar una colección de cuentos unidos por el tema de relaciones amorosas. La estructura contaba de cuatro secciones que correspondían a diferentes etapas de una relación: conocimiento, pasión, desilusión, recuperación. La idea era escribir un libro sobre border crosing, pero no una cruzada de fronteras físicas sino emocionales. “La primera frontera que tenemos que cruzar es la frontera entre tú y yo”, y quería explorar esa idea en una serie de cuentos interrelacionados sobre gente mexicoamericana de un pueblo pequeño en el norte de California. Cuando mi agente en esa época llevó el manuscrito a una de las editoriales grandes en Nueva York, el editor respondió rápido: le interesaba el libro pero no quería que fuera una colección de cuentos, sino una novela. Me pidió que trabajara en convertir el libro en una unidad. Y yo, con la ilusión de que una editorial grande me quería publicar, dije que sí, pensé que sería fácil. After all, ya tenía el esquema y los cuentos. Lo que me faltaba era construir un armazón, rellenar unos huecos y hacer que el libro tuviera una unidad. Mi esposa me apoyaba y cuando me llegó la oferta para dirigir un programa de study abroad en Salamanca, pensamos que allí podría tener el tiempo para hacer los cambios necesarios. En enero del 2003, me fui a España por casi nueve meses. En esos meses armé la historia de Daniel que en un viaje a California volvió a encontrarse con una chica que había conocido en Madrid hace años. Mientras él viajaba de California a Texas y de regreso a California, le mandaba imeils y cuentos que había apuntado en un cuaderno. Intercalado entre los cuentos y los imeils, había una serie de descripciones de pinturas.

A principios de los noventa, uno de mis directores favoritos era Peter Greenaway. The Cook, the Thief, His Wife, & Her Lover, me alucinó. Su película siguiente, Prospero’s Books, inspirado en The Tempest, de Shakespeare, me dejó flipado. En esa peli, la apariencia de los libros de Prospero llenaban parte de la pantalla y cortaban / intervenían en la historia. Esas intervenciones me encantaban y cuando armé El libro que nunca te escribí, pensé en las pinturas como intervenciones dentro de la novela. Al final, mis libros favoritos tienden hacia lo fragmentario, como las primeras novelas de Rolando Hinojosa-Smith, o en …y no se lo tragó la tierra de Tomás Rivera.

Con esas influencias me fui a España y cuando regresé con un manuscrito más fragmentado que antes, mi esposa me dejó. Entregué el manuscrito y al editor no le gustaron los cambios. Pero seguía interesado en el proyecto. Volví a meter más estructura al manuscrito. Un año después, ya no tenía agente. Pero el editor seguía interesado con el libro y empezamos a trabajar directamente. Tres años después, tuve la última reunión con el editor. Me dijo que el libro se parecía demasiado a un libro de cuentos y él no estaba dispuesto a apoyarlo. Menos de un año después, el editor dejó su puesto y la editorial cerró el sello. En esos años cambié el título a Esperando en el Lost and Found y luego Esperar en el Lost and Found. Los cuentos los saqué del manuscrito y los publiqué en otros libros. Seguí con el armazón que en un momento empezó a tomar toques de ciencia ficción con la introducción de un Watcher que observaba desde otro planeta el viaje de Daniel y la disolución de su matrimonio. Como sentía que el libro no avanzaba, empecé a amar otra novela. Pero no llegué muy lejos, todavía tenía Esperar en el Lost and Found en la cabeza. Diecisiete años después de encerrarme en Salamanca, al pasar por un momento triste, regresé a la novela para ver si ya, finalmente, podría decir que estaba finished o decidir abandonarla para siempre. Menos de un año después, la novela que había pasado por muchas versiones salió como Nocturno de frontera. No fue un proceso fácil, fue un trabajo de largo aliento —siempre digo que soy cuentista porque soy un hombre de poco aliento— pero estoy contento de que este libro que he cargado conmigo finalmente esté libre en el mundo.

¿Qué es para Santiago Vaquera la frontera; qué representa?

Un amigo mío, Luis Humberto Crosthwaite, escribió una vez que la frontera para él es como su ex esposa, “yo no hablo de ella, ella no habla de mí.” Me encanta esa definición, pero la verdad es que hablo sobre la frontera como también hablo de mi ex esposa. Para mí, la frontera es un tatuaje que cargo conmigo. Es la marca que me quedó cuando mis padres dejaron México para comenzar su vida acá. Para muchos, la frontera marca un límite, para mí, señala posibilidades. La frontera es un eslabón de una cadena que junta a comunidades migratorias.

Eres un autor cuya lengua es el inglés, ¿por qué escribes en español?

Esta es la pregunta clásica que siempre se me ha hecho: nacido en USA, ¿porque optar por escribir en español? Ahora, no sé si mi lengua es el inglés. Tampoco podría afirmar que es el español, aunque fue mi primera lengua. La verdad es que vivo entre dos idiomas y siento la necesidad de poder crear en ambas. Cuando he dado cursos de escritura en la universidad, siempre comienzo preguntándoles a los estudiantes ¿por qué están en un curso de español? Siempre me contestan: porque quiero ser doctora y quiero comunicarme con mis pacientes; porque quiero ser maestro de estudiantes bilingües; porque quiero ser abogada y trabajar para los derechos humanos. Les contesto que eso me parece bien, que necesitamos más maestros, doctores, abogados bilingües. Y les digo, pero también necesitamos más artistas, escritores y músicos. Necesitamos ver el español como una lengua con fines creativos. Al final, hay una larga tradición de escritura en español y si podemos, deberíamos aportar. Para dejar algo, para añadir nuestra historia a esa tradición. Para mostrar que tenemos algo que contar y comunidades que representar. Para mí, escribir en español desde los Estados Unidos es un acto subversivo: subvierte la idea de que una literatura nacional se debe escribir en una sola lengua. El hecho de que salto entre ambas lenguas en mi escritura es un acto de border crosing: desestabilizo nociones de una lengua unitaria al proclamar la libertad de poder expresarme en múltiples.

Eres un viajero por naturaleza y tu literatura está llena de aeropuertos, salas de espera, ciudades, países. ¿Qué significa viajar para Santiago Vaquera? ¿Qué busca Santiago Vaquera en un viaje?

En mis años de estudios para el doctorado, leí dos libros que marcaron mi vida como académico y como escritor. Migrancy, Culture, Identity de Iain Chambers y Non-Places: An Introduction to an Anthropology of Supermodernity de Marc Augé. Esos dos libros me ofrecieron otra manera de escribir crítica pero también, en el caso del libro de Augé, reflexionar sobre los viajes. Antes de comenzar lo que sería mi vida peripatética, con mi divorcio en el 2003, tuve años de preparación. Incluso, mi ex mujer tal vez diría que siempre fui así, en un viaje constante. Tal vez mi vida de viajero comienza con mis primeros viajes de norte a sur, del norte de California al norte de Baja California. Desde mi infancia, viajábamos desde mi región natal en el norte de California hasta Mexicali, ciudad fronteriza mexicana de donde es mi familia. Lo que unía era el freeway, el interstate 5. En un tiempo decía que mi vida se definía por el freeway. Cuando vivía en Santa Barbara, tomaba el freeway hacia al sur a ver a mi abuela  y a mis tíos, y lo tomaba para ir al norte para ver a mi mamá y a mis hermanos. Cuando empecé a viajar a otros países, decía que mi vida era un terminal de aeropuerto, mis momentos en casa eran momentos en una sala de espera para subirme a otro vuelo.

Marc Augé escribe que los no lugares —terminales de aeropuerto, habitaciones de hotel, estaciones de tren o de autobús— definen nuestra realidad contemporánea. Son no lugares porque son sitios donde no se puede hacer conexiones reales porque son lugares de paso: son espacios que marcan el tamaño de nuestra soledad. Pero no estoy totalmente de acuerdo. A veces, sí se puede lograr hacer una conexión, a veces sí se puede construir una historia en un no lugar. Lo vemos, por ejemplo, en la novela Aeropuertos de Alberto Fuguet, o también en su cuento “Road Story”. Tal vez uno pensaría que alguien que viaja mucho lo hace porque es inquieto, o tiene “pata de perro.” La verdad es que para mí el viaje es conexión, con las amigas y los amigos, con alumnos que buscan algún consejo, con historias que me cuentan en bares, hoteles y aeropuertos. A veces es verdad, podrían ser relaciones efímeras. Pero no estoy tan seguro. En el 2007, en el aeropuerto de Estambul, empecé una conversación con una chica que esperaba en la fila conmigo para facturar maletas. Después de conseguir nuestros pases de abordar, seguimos la conversación y hablamos hasta la hora de subirnos al vuelo. Cuando llegamos a Amsterdam, donde hacíamos conexión, ella a Inglaterra y yo a Estados Unidos, caminamos juntos por el aeropuerto hasta que nos teníamos que separar. Durante esas conversaciones nos hicimos amigos en Facebook. Desde entonces, no la he vuelto a ver, pero muy de vez en cuando, nos mandamos un mensaje. Tengo amistades en Facebook así, nos vimos una o dos veces, pero seguimos con una relación o algo a la distancia.

En cuanto a qué busco en el viaje. Depende del viaje, pero lo que siempre digo es que aunque mi trabajo es contar historias, para mí la parte más importante es escuchar historias de otros. Tal vez eso sea lo que busco: conexiones.

Tu literatura es música, de hecho, en Nocturno de fronteraincluso creaste un soundtrack. ¿Cuál es la relación que encuentras entre música y literatura?

Vengo de una familia de músicos. Lamentablemente no tengo sentido del ritmo y mi estilo de baile es una combinación entre David Byrne en el video de “Once in a Lifetime” y una persona que está sufriendo un ataque de espasmo. Aun así, la música siempre está conmigo. Al no poder hacer música, me hice escritor que escribe con música. De las vidas que he tenido —pintor, estudiante de doctorado, escritor, trabajador en tienda de discos, profesor— la que más me ha gustado fue ser locutor de radio. La música le da banda sonora a nuestras vidas y poder ofrecer mi banda sonora fue importante, por lo menos por dos razones: me sacó de la timidez que siempre he tenido y me ayudó a encontrar una voz. Al tomar la iniciativa de solicitar un programa de radio fue una de las primeras veces que me lancé a hacer algo que realmente quería. Me fui a la estación de radio de los estudiantes y dije que quería ser locutor. En cuanto a la voz, siempre fui muy tímido y prefería —prefiero— ser el wallflower. Cuando me dieron mi primer horario, me sentí contento. Era de madrugada, 2 a 6 de la mañana, los domingos. Era 1984, tenía dieciocho años y apenas sabía hablar con las chicas. La idea de salir de noche a fiestas me aterrorizaba. Prefería estar encerrado con un libro o mis pinturas. Después de ese primer semestre, cuando me dieron la opción para escoger horario, escogí los sábados por la noche, de 10 a 2 de la mañana. Me encantó tanto ese horario que me quedé con él hasta el verano del ’86 cuando me mudé a la Ciudad de México por un año. Cuando regresé, en el verano del ’87, volví a mi horario hasta el ’89 cuando me salté a la otra estación de radio del campus para comenzar un programa de Rock en Español. En los primeros meses de mi primer programa de radio, solía poner mucha música y hablar muy poco. Pero cuando empecé a acostumbrarme a la radio, comencé a hablar más de la música, a comentar anécdotas musicales, a dar un poco más de contexto. Varias veces me encontraba con gente que escuchaba mi programa y me decían que eso era lo que más les gustaba de mis shows: el hecho de que hablaba de la música. Me enfocaba mucho en el mix, como en un mixtape. Pensaba en cada programa como una colección de cuentos, mixes a 33 1/3 revoluciones por minuto, donde construía una banda sonora para los escuchantes. Cada quince o veinte minutos entraba al aire para hablar del mix y poner algún anuncio antes de entrar al siguiente. Esa idea del mix, de la banda sonora, la uso cuando armo una colección de cuentos. Hay que manejar y dirigir un soundtrack que tenga sentido para los lectores. Por eso a la hora de juntar cuentos, los intento conectar entre sí, imaginar no una colección de cuentos sueltos, sino una unidad orgánica, una banda sonora. Al escribir Nocturno de frontera me imaginé un playlist para darme una estructura. Al terminar la novela, amplié el mix para hacer la banda sonora.

Nocturno de frontera  es el road trip de Daniel por el Southwest de Estados Unidos. ¿Cómo sería el road trip de Santiago Vaquera por el Southwest: qué bares, hoteles, cafeterías y pueblos entrañables nos recomendarías para hacer nuestro propio viaje?

Uy. En una época recorrí el país varias veces solo. Me encantaban esos viajes porque ponía mi música y salía a la carretera. Me gustan mucho los weird roadside attractions que hay en cada estado y cuando podía, paraba. Como casi siempre mi destino era el sur de California, o Mexicali o Tijuana, me juntaba con la antigua Ruta 66 en Oklahoma. Cuando mi familia y yo nos mudamos a Albuquerque, solíamos ir dos veces al año a Mexicali. En esos viajes no podíamos hacer tanta parada y no íbamos a los roadside attractions.

Tal vez el road trip que más me ha gustado fue cuando vivía en Iowa. En junio del 2009, mi novia en esa época y yo salimos de Iowa City con destino a California. Pasamos a visitar a unos amigos en Boulder, Colorado. De allí nos fuimos a ver a una de mis hermanas que vive en Río Rancho, al lado de Albuquerque.  Era mi primera o segunda vez allí y no sabía que dentro de unos años me mudaría a Albuquerque. Nuestra siguiente parada fue en el Grand Canyon. Antes de llegar allá, paramos en el Meteor Crater, un cráter gigantesco en el norte de Arizona. Creo que es una cosa que hay que ver. Antes de ese lugar esta Winslow, Arizona, cuya fama reside en que fue nombrado en una canción de los Eagles, banda que a mi novia y a mi (ni a “The Dude” Lebowski) nos gustaba. Cerca del Grand Canyon está Bedrock City, un sitio turístico dedicado a los Flintstones (los Picapiedra). Era un sitio bien weird, pero nos divertimos. Parece que cerró en el verano del 2019. Del Grand Canyon, nos fuimos a Mexicali para celebrar el cumpleaños de mi mamá. En Mexicali hay que comer tacos de carne asada en Tacos Acatlán y comida china. De Mexicali nos fuimos a Tijuana para caminar por la avenida Revolución y luego bajamos por la costa hacia Puerto Nuevo a comer Langosta. Después nos regresamos a Mexicali antes de tomar el camino hacia el norte. En el valle Imperial, entre Palm Springs y San Bernardino está Cabazon. Para mí ha sido parada importante desde que era niño. No hay mucho, un par de gasolineras y un diner, the Wheel Inn, que hace un buen pie de manzana. El atractivo para mí es que afuera del diner hay varios dinosaurios a tamaño natural. Fueron construidos en 1964 y salieron en la película Pee Wee’s Big Adventure y en el video de “Everybody Wants to Rule the World”, de Tears for Fears. Los dinosaurios fueron construidos originalmente para atraer a gente al Wheel Inn. Cuando murió el dueño, los nuevos dueños convirtieron uno de los dinosaurios en un pequeño museo del creacionismo. No entramos al museo. De Cabazon subimos hasta San Carlos, afuera de San Francisco, donde vive mi hermano. Nos quedamos con él un par de días hasta bajar a Watsonville donde vivía otra hermana. Después de las visitas, bajamos a Los Angeles donde participamos en una grabación de The Price is Right. Fue idea de mi novia. En Los Angeles fuimos a comer comida cubana a Versailles, una pequeña cadena en esa zona que parece que no tiene relación con la de Miami. De regreso a Iowa, nos quedamos en un motel tipo años ’50 en Blanding, Utah, Prospector Motor Lodge. Parecía sacado de Twin Peaks. Al día siguiente fuimos a Arches National Park en Moab. Me encanta el paisaje de esa parte del estado. De Moab, partimos hacia Denver, cruzamos los Rockies por Grand Junction. Como teníamos que estar en Ames, Iowa, en cierta fecha específica, esos últimos días del road trip fueron de conducir largas horas. Si lo volviera hacer, tomaría más tiempo y en vez de regresar por LA, de San Francisco iría hacia Reno y luego tomaría la ruta 50 hacia Utah. Hay una parte de la ruta 50 que se llama “The Loneliest Road in America” porque hay tramos largos donde no hay nada más que desierto y pocos lugares para parar. Ojalá algún día me toque.

Ordena Nocturno de frontera aquí

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El Miami Review