Entrevista a Luis Hernán Castañeda por «El futuro de mi cuerpo».

Ángel y Serena van a separarse. En vez de tener una despedida convencional, deciden viajar al pueblo de Nederland, en Colorado, para participar del Festival del Hombre Muerto y Congelado, una celebración local durante la que ocurren varios asesinatos. Convertidos en detectives improvisados, los dos jóvenes peruanos descubrirán un mundo extraño y violento que los llevará de vuelta a los Andes peruanos –y a lo más turbio de su propia historia. La ruptura amorosa, la investigación policial y la nostalgia del origen son los tres ingredientes principales de la primera novela que Luis Hernán Castañeda escribió en Estados Unidos.


¿Cómo nace la idea de El futuro de mi cuerpo? Cuéntanos un poco ese behind the scenes, el proceso creativo. Cuánto tiempo trabajaste en ella.

En el año 2010 yo llevaba 2 años viviendo en Estados Unidos y salía de un proceso existencial muy duro: ¿había tomado la decisión correcta al venir aquí? ¿Podría tener una vida en este país? Creo que escribí la novela como una forma de decir “aquí estoy”, puedo adaptarme a este nuevo lugar sin necesidad de aculturarme. Hay un diálogo íntimo entre la novela y mi propia vida. Para responderte, me gusta describir el trabajo creativo que hice acá como una hibridación a distintos niveles. En lo literario, se trató de sintetizar espacios de aquí y de allá, y géneros también: el policial, el sentimental, la literatura ‘rara’, todo eso bien revuelto y mezclado para que el resultado final tuviera un sello propio. Las lenguas también se entrecruzan: un español invadido por el inglés (invasión que incorporo y celebro, no me causa problemas), algunos toques de quechua. En cuanto al soporte material, seguí un proceso que poco a poco he ido adoptando como mi estándar: primero a mano en una libreta, luego a computadora. Escribir a mano es esencial porque la lentitud de ese procedimiento es amable con la formación de imágenes en la cabeza. A computadora, después, me gusta hacer varias ‘pasadas’ en las que voy añadiendo capas, solucionando problemas de trama, puliendo personajes y, sobre todo, algo que me encanta: enriqueciendo el lenguaje. Gozo muchísimo jugando con los ejes paradigmático y sintagmático. Cada pasada es un trabajo intenso y sostenido de pocos meses, una especie de inmersión en la que solo la novela existe, pero entre pasada y pasada puede pasar mucho tiempo de reposo y ‘maceración’. La escritura continúa con esta segunda edición y podría seguir indefinidamente.

En el año 2019 fuiste antologador, junto a Carlos Villacorta, del libro Cuentos de ida y vuelta, una selección de narradores peruanos residentes en Estados Unidos, y ahora acabas de publicar, también para el público estadounidense, la novela El futuro de mi cuerpo. Con ambas obras te sumas a toda esta movida cultural literaria en nuestro idioma que cada vez crece más en este país. ¿Cuál es tu percepción acerca de la literatura que se está escribiendo en Estados Unidos actualmente?

Espero poder sumarme y no restar (es broma). Con Carlos hicimos la antología que mencionas para tender un puente entre el Perú y la comunidad de escritores peruanos que vivimos acá, una comunidad bastante amplia -aunque algo dispersa- y dinámica, con una historia ya establecida, que cada vez viene activándose más con editoriales, publicaciones, congresos, ferias, encuentros, etc. Incluso durante la pandemia la cantidad de actividades ha sido notable. El objetivo de la antología era decirle al campo literario peruano “nosotros que estamos allá lejos también somos parte importante de ti, de ustedes”. Sin embargo, soy muy consciente de que estar acá nos trabaja la identidad de maneras muy particulares, digamos que nos multiplica, con lo cual ser “un escritor peruano en Estados Unidos” puede ser algo bien distinto de ser “un escritor peruano, a secas”. Lo que nos lleva a preguntar ¿qué es un autor peruano en primer lugar?, y ahí hay toda clase de variables que deconstruir. La centralidad absurda de Lima, la preeminencia injusta del español, etc. Ese trabajo de recopilación de cuentos, pero también de análisis y reflexión, fue lo que nos planteamos Carlos y yo. Respecto de mi percepción personal sobre la literatura que se escribe por acá hoy, enfatizo que me parece muy vital y sobre todo saludablemente diversa. No se puede encasillar a los escritores que vivimos en este país solamente en función de nuestra residencia: cada uno es un país propio, si bien tenemos experiencias compartidas que transfiguramos de modos singulares. Todo esto lo discutimos Carlos y yo en el prólogo de la antología.

Vives en Estados Unidos desde el 2006 y no siempre viviste en la misma ciudad, ¿de qué manera afecta tu escritura vivir en un país ajeno? ¿Cómo te apropias de ese país nuevo? ¿En la vida cotidiana, por ejemplo, el lenguaje juega algún rol en esa apropiación? 

Viví en Boulder, Colorado y ahora vivo en Middlebury, Vermont, dos lugares que se parecen exteriormente -montañas medio andinas, verdor general, naturaleza salvaje, muy buena cerveza-, pero que en realidad son universos diferentes por la idiosincrasia de la gente. No puedo evitar que los espacios concretos y sociales emerjan en mi escritura como metáforas de procesos interiores: tengo dos novelas ambientadas en Colorado y un par más en Vermont. En La fiesta del humo, el pasaje vermontés se convierte en metáfora de la experiencia psicoanalítica. No sé si quiero apropiarme de estos estados, ciudades, pueblos; lo que busco es ofrecer una lectura más, consignar lo que veo para, por lo menos, como dice el escritor Paul Baudry, “no quedarme sin decir nada”. A eso se reduce escribir quizá, a tener la osadía de no permitir que se te mueran los mundos que llevas dentro. Entonces me gusta aprovechar y transfigurar -y distorsionar con total impunidad, ojo- la riqueza humana y cultural de cada sitio, pero siempre para ponerla en diálogo con el Perú: eso tampoco lo puedo evitar. En El imperio de las mareas, novela reciente, imaginé una Lima sumergida que se mezcla con un pueblito de Nueva Inglaterra. Lima suele estar ahí. Desde siempre he sentido que la primera conversación que quiero iniciar, y cuidar, es la que mantengo con mi ciudad y mi país, pero ese ‘hogar’ no se restringe al territorio: también son los peruanos que están acá. Y los latinoamericanos y españoles y lectores de libros en español que se han acercado a mis libros, para no ser nacionalista: siento que de alguna manera formamos parte de una misma comunidad. Sin embargo, igual, algo en el Perú no me deja de jalar…

 

El futuro de mi cuerpo se publicó originalmente hace diez años. Cómo fue el reencuentro con esa obra después de tanto tiempo. ¿Cómo la ves ahora? ¿Cómo la veías antes?

Fue como rescatar una foto antigua de mi manera de trabajar en esa época. Diez años no pasan en vano y, si uno los ha dedicado a escribir de manera intensa y continua como ha sido mi caso, hasta el más necio aprende algunos trucos. Cuando releí el texto reconocí en él al autor de 28 años que, como en cada libro que escribo, lo puso todo en la escritura, aplicó su saber entero y, lo más importante, dejó el alma en el texto. Creo que el texto sigue vivo gracias a eso. Al redescubrirlo con miras a una segunda aparición, hice lo que suelo hacer con mis reediciones: darle una mano al hermano menor, digamos. Regresar en el tiempo, sentarme junto al autor joven que fui y guiarlo sutilmente -a veces no tan sutilmente- para que consiga utilizar los recursos literarios que posee de la mejor manera posible. Apoyarlo para que pueda ofrecerle al lector el mejor libro que está capacitado para escribir. Así que he cambiado hartas cosas y he reescrito partes enteras; ahora el libro es algo más delgado que antes y eso lo favorece. Cada escritor tiene sus taras y una de las mías ha sido el exceso lingüístico: el barroco me llama, me lleva y a veces me pierde, por lo cual en esta segunda edición tuve que sacar la guadaña y emplearla con buen pulso. Sigo aquí la senda de un buen amigo y escritor, Johann Page, quien siempre me decía: “a veces es mejor decir menos, dejarlo así”. El resultado me satisface; no digo plenamente porque eso es imposible, pero me gusta por el momento. Cotejar ambas versiones podría ser divertido para algún lector entregado que desee perder su tiempo en esas cosas.

Comentabas hace poco que la escritura de El futuro de mi cuerpo obedecía en parte a la nostalgia por el Perú durante tus primeros años en Estados Unidos. ¿Cómo llevas eso ahora después de todos estos años? ¿Podría esa nostalgia ser el detonante de otras obras?

La nostalgia no se va, pero sí evoluciona. No todos los escritores migrantes son nostálgicos, pero conozco a varios -quizá los busco o nos buscamos- que mantienen una relación viva con su país de origen y esa relación incluye a la nostalgia, aunque no se agota en ella porque se trata de un vínculo complejo y dinámico: hay amor, hay rabia, hay tristeza, hay decepción, hay compasión y hay desesperación tambien, sobre todo cuando uno ve al país trastabillar -y caer y lastimarse tanto- como está pasando ahora, en estos momentos tan duros. Solemos asociar la nostalgia con la idealización, con una dulzura un poco idiota, y ese no es mi caso: creo que el Perú es un país a la deriva, pero no puedo evitar recordarlo y escribir sobre él con amargura y devoción. Ese caldero de emociones en ebullición es sin duda alguna uno de los motores de mi escritura; otro es la tradición literaria peruana, poética y narrativa, que me acompaña en todas partes como una estrella solitaria en medio de la noche oscura que es el Perú. En El futuro de mi cuerpo está eso, la noción de que uno se lleva a su país sin importar dónde esté. Siempre tuve la sensación de seguir experimentando ‘la vida nacional’ a distancia, al mismo tiempo que coleccionaba otras vidas. No escribí esa novela para volver al Perú, sino para mostrar que, gracias a la literatura, es posible irse y quedarse al mismo tiempo.

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Luis Hernán Castañeda (Lima, Perú,1982) vive en Estados Unidos desde el 2006 y escribe ficción, en especial novelas como Casa de Islandia (Estruendomudo, 2004), Hotel Europa (Peisa, 2005), La noche americana (Peisa, 2011), La fiesta del humo (Peisa, 2016), Mi madre soñaba en francés (Alfaguara, 2018) y El imperio de las mareas (Alfaguara, 2020).

Ordena El futuro de mi cuerpo aquí

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