Entre huidas y regresos

 

Reseña de No me hablen de Cuba

por Esteban Miranda  @estebanm_93


 

En uno de los poemas más conocidos del siglo pasado, Cavafis escribe sobre una pequeña isla griega que se transforma en espejismo para los lectores. Ítaca es la excusa que emplea el poeta de Alejandría para hablarnos sobre el viaje como fuente excelsa de experiencias y enseñanzas. El truco radica en una premisa simple y por lo mismo de gran profundidad: viaje y destino habitan en nuestro interior.

De la misma manera, Grethel Delgado (La Habana, 1987) con su novela No me hablen de Cuba, nos introduce en un escenario cargado de significados multiformes que dependen, en toda medida, del mundo interior de quien se atreve a soñar la isla caribeña. En la novela, La Habana se nos muestra como un paisaje pretérito que sostiene la melancolía de sus habitantes y, sobre todo, la culpa de quienes se van. Entre la miseria tangible, un mar omnipotente, travestis de cabaret y añoranzas interminables, transcurre la historia de la autora cubana.

Gertrudis es una mujer que después de seis años exiliada en Miami decide volver a su tierra sin saber por qué lo hace y con una eterna pregunta: ¿para qué regresar? Claro que posee las excusas suficientes, la muerte de su tío, los recuerdos de su amiga María, un antiguo amor del que no sabe nada y la llamada inevitable de Yemayá. Son precisamente esos seres mortales y sobrenaturales los que junto a la protagonista habitan un mundo asediado por una atmósfera pesada y en constante riesgo de desmoronarse. La impresión que se nos ofrece es la de una ciudad en ruinas, tangible gracias a la fiel imagen de sus hijos, los que se han ido y los que permanecen.

Uno de los recursos dispuestos por Grethel es ahondar en los que no se van, pues si los que se marchan son exiliados, ¿cómo se les dice a aquellos que se quedan esperando a fundirse con la isla y volverse tierra árida en un campo sagrado? Ese parece ser el caso de María, vieja amiga de Gertrudis la cual está anclada a su abuela y a los recuerdos que recita sin parar como un tocadiscos averiado que despide lamentos camuflados en días pasados. O Enrique, su exnovio, un travesti con tetas operadas que es la estrella de un cabaret y que inunda de irreverencia las páginas que componen el libro.

En todo caso, la gran protagonista, y quien se encarga de unir los fragmentos rotos, es Gertrudis, personaje arquetípico que bien podría representar a todos los cubanos que se han ido y que en algún momento deciden volver. Cada segundo en La Habana es un punzante recordatorio de que la vida allí ha cambiado para ella por el simple hecho de ya no ser la misma. Puede que la gran mayoría de cosas permanezcan tal cual las recuerda, sin embargo, la Gertrudis que abandonó la isla fue devorada por un mar inabarcable y vomitada en alguna playa de Miami, convertida en un ser cansado, envejecido y propietario de una pesada carga que le impide retroceder; por tanto, como una mujer primigenia caída en desgracia y expulsada del paraíso, no puede, por más que lo desee, echar una mirada hacia atrás con la esperanza de reconocer el paisaje. La expulsión nunca fue la condena, porque esta misma se compone de olvido.

El sentimiento de desarraigo es, tal vez, el precio a pagar que se conjuga con el deseo de autoflagelación, la culpa por dejar atrás una vida estancada y a unas personas que adquieren el título de huérfanas; seres queridos que se vuelven fantasmas añorados, mitos difusos con rostros ensombrecidos.

La historia se cubre por un grueso manto de incertidumbre; ningún personaje puede dilucidar lo que quiere en realidad y, aun así, una fuerza demoledora los obliga a no detenerse, a sortear los dolores de la existencia con frenetismo. Gertrudis asumirá el papel de buscadora, pretendiendo recobrar lo perdido. Los demás personajes, por su parte, mantendrán una lucha sin cuartel contra sí mismos, contra la siempre vieja Habana que en su desolación aguarda imperturbable y sublime. La pelea por la sobrevivencia es una llaga purulenta y necesaria que los dota de una marca inocultable.

La isla padece una epidemia, la omisión del futuro. A nadie le preocupan los días venideros, optando por abocarse sin reparo, con contagiosa dedicación, a venerar el pasado y sobrepoblar el presente. Gertrudis se somete sin presentar resistencia a la misma enfermedad, pero su dolor se torna diferente, más devastador puesto que ya ha visto el porvenir en el rostro de su hija Vera y es incapaz de ignorarlo.

La novela también se hace con unas cuantas intrigas, pequeños secretos ocultos para algún personaje o para los lectores. La autora no busca que su revelación sea aparatosa, la finalidad es otra, mostrar cómo se consumen lentamente sus propietarios y con maestría nos entrega la evidencia a través de frases demoledoras cargadas de una honestidad palpable. Las descripciones logran una mohosa sensación de claustrofobia, no por plasmar espacios diminutos, sino por evocar el punto de no retorno, infranqueable, padecido por todos mediante diferentes caras; la imposibilidad de regresar, el anhelo de que la vida sea como antes. La buena voluntad no es suficiente, la esperanza ni siquiera hace acto de presencia. Un cúmulo de impotencia se aglutina en el estómago y se anuncia la certeza de que el daño es irreparable.

El deterioro de una sociedad enclaustrada se hace visible a partir de las interacciones entre los personajes y de las sutiles conversaciones que causan un ruido ensordecedor. Los diálogos son capaces de atravesarnos a sangre fría, presenciamos monólogos desquiciados que pronuncian verdades terribles y somos testigos de secuencias absurdas capaces de asolar la más imperiosa de las voluntades. Todo se acumula para al final desembocar en la única salida posible: la huida.

Pero también hay lugar para los triunfos. La victoria de los marginados que se aferran a la comprensión de su situación; instantes microscópicos capaces de generar el combustible necesario para seguir adelante con una sonrisa disimulada. Dentro del caos entrópico causado por fuerzas que nos superan, la resiliencia aparece como salvavidas, incapaz de llevarnos a tierra firme, pero con la cualidad inexorable de mantenernos a flote.

La distancia insalvable entre Cuba y Gertrudis no se mide en kilómetros ni tampoco en años; son las personas que, un día sin despedirse, dejó atrás las encargadas de recordarle lo extraña de su presencia en la isla, parecen insinuar que a lo mejor no tiene nada que hacer allí y que la redención es una promesa fallida.

No me hablen de Cuba es una novela de desencuentros, bellamente narrada y que nos obliga a mirar hacia nuestro interior para escudriñar en esos dolores causados por lo irremediable. Alguien que ya no está, un recuerdo extraviado en algún lugar, un camino sin retorno.

 

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El Miami Review