Adelanto de novela: Los restos humanos, de Milton Laüfer

I.

Cuando volví a casa por octava vez, el sol empezaba a salir. Eran las seis y algo. Ya no quedaban bolsas. Ahora, media hora después, repaso uno a uno mis movimientos. Siempre pagué los taxis en efectivo, nunca tuve conmigo el celular, repartí las salidas entre la escalera de incendios y la puerta principal, me cambié la ropa cada vez, siempre usé gorro, siempre uno distinto. Todos los datos están guardados en algún rincón de mi cerebro, pero puedo asegurar que no pensaba a lo largo de la ejecución de cada uno de ellos.

No quedan rastros del alcohol que hace algunas horas era todo mi universo sensorial. No queda ya sangre. El cansancio dejó lugar a una lucidez que bordea la epifanía. Ya no tiemblo, hace horas dejé de temblar. Lo pienso un rato y decido tomar quetiapina. En minutos todo dejará de existir.

Despierto al mediodía y un dedo, la imagen de un dedo, de mi propio dedo, me produce una arcada. La noche anterior vuelve en forma de dedo, de sierra, de golpe seco contra el borde de la cama. De inmediato, me veo saltando desde la terraza: la imagen me tranquiliza. Me aterra que me tranquilice. Doblo la dosis de quetiapina y la bajo con vodka. Hay nieve todavía en el borde de la ventana. Miro la nieve hasta que la nieve, el dedo, la cama, la ventana, todo deja de existir.

El segundo despertar es a las tres de la mañana. Está nevando de nuevo. Pienso en la nieve cubriendo bolsas en distintas partes de Harlem, del Upper East Side, de Inwood. El pensamiento me relaja, cada copo de nieve bajo la luz de la calle, cayendo en un vaivén lento, me relaja. Abro la computadora y leo las noticias. Una nena está desaparecida en Tucumán desde hace diez días. Mientras leo, me doy cuenta de que mi estómago hace ruidos, los líquidos se acomodan con sonidos similares a los de las tuberías de calefacción. Pero la idea de comer hace retornar las arcadas, las arcadas al techo, a saltar por el techo. Repito la dosis de quetiapina y me doy cuenta de que esto va a seguir por algunos días.

 

II

El martes no hay manera de lidiar con el hambre. Salgo de la cama y todo el cuerpo me duele, cada músculo está entumecido de un modo particular, especial, celebratorio de su individualidad. Casi gateando, llego a la ducha y abro el agua caliente: siento que mi cuerpo se expande como esas píldoras que se meten en agua y se convierten en dinosaurios. En mitad de la ducha, decido cerrar el desagote de la bañadera y cambiar la ducha por un baño de inmersión. De a poco los músculos dejan de doler. Permanezco cerca de una hora, la inmovilidad sólo interrumpida por los periódicos vaciados parciales de la bañadera y su reemplazo por agua nuevamente a la temperatura adecuada. Noto que algo rojo flota en el agua y salgo de inmediato.

Me veo obligado a oler uno a uno los alimentos de la heladera: además de los cinco días en que estuve inconsciente, muchas de las cosas ya llevaban un tiempo ahí adentro. Los huevos están bien y me preparo dos con algo de queso. No siento ya arcadas, pero advierto que el lapso que llevo sin comer de alguna manera cerró los circuitos: tragar me cuesta muchísimo. Prendo la radio. Con sólo medio mes, dicen que éste es el marzo de más nieve en veinticinco años. Todo el resto es Trump. Leo los diarios de Argentina, que se repiten tanto como los de acá.

El día es soleado y la nieve todavía nueva, así que el de afuera es de un blanco que encandila. El cielo está particularmente celeste. Me dejo llevar por la imagen desde mi ventana: el boulevard de la Séptima Avenida con sus árboles pelados, goteando la nieve que se derrite de a poco.

 

III.

Abro la puerta del pasillo y me cercioro de que no haya ningún vecino por la escalera. Bajo hasta el primer piso a revisar el correo y, tal como esperaba, el buzón está repleto. Luego de descartar la gran mayoría de publicidades, quedan algunos sobres del seguro médico, el banco y tres invitaciones a galerías. Pienso en que tengo que hablar con mi agente.

El celular está sin carga, sobre la mesa de luz. Lo enchufo y al prenderlo vibra, una vez tras otra, por algunos minutos. Reviso, antes que nada, el buzón de voz. No estoy seguro de qué me inquieta, pero tengo la sensación difusa de que un mensaje representará un problema. Los escucho todos, una vez más son, en su mayoría, publicidades y me relajo: no existió tal llamada. Debería comunicarme con la agente, pero me doy cuenta de que no estoy como para hablar: desde hace rato que tiemblo.

Prendo la computadora y el escenario es similar. Incluso habiendo reservado las redes sociales para mi trabajo, tengo más notificaciones de las que recuerde en varios años, desde que las redes se convirtieron en el campo de batalla de dos grupos ─dos grupos cualesquiera─ claramente definidos, que sólo se leen entre sí para afinar sus propios discursos y poco más.

Busco el yoga-mat y lo despliego en el piso. Comienzo por estirar la espalda, la que más pagó mis cinco días de cama. El ruido de una perforadora en la calle me produce un escalofrío.

Loading Facebook Comments ...

You must fill in your Disqus "shortname" in the Comments Evolved plugin options.

El Miami Review