New York – Cleveland

-¿Ya terminó de leerlo? —preguntó el pasajero sentado frente a él.

-No, no…—Benjamin dobló el periódico con cuidado y comenzó a guardarlo en el bolsillo interno de su saco, pero la mirada censora del otro le hizo dudar e intentó darle alguna explicación.

-No es de hoy, es de hace dos días, se lo llevo a un amigo.

Con un pequeño gesto el otro pasajero dio a entender que no necesitaba más explicaciones y Benjamin estuvo seguro de que no habría más intercambio de palabras de ahí a Cleveland. Mejor así. Benjamin no estaba de ánimo para conversar y mucho menos para que alguien le diera un vistazo al periódico que ahora con tanto celo guardaba dentro de su traje.

Benjamin se encontró leyendo el periódico porque nunca tuvo la oportunidad de ver alguno de ellos. Luego de imprimir el ejemplar, el asistente de la imprenta tenía estrictas órdenes de destruir las planchas. Un solo lector, un solo número. Y sin correr riesgos de que se imprimiera otro. Pero el periódico que llevaba Benjamin se quedó frío, no hubo lector a quien entregárselo. Dos días antes, Benjamin fue a su oficina en el sótano del 229 W de la calle 43 y se encontró con el ejemplar no enviado y con que ya no tenía trabajo.

Desde que se hizo cargo de The New York Times, Hays Sulzberger se opuso a la presencia de Benjamin ahí. Calzar los zapatos de su suegro era tarea suficientemente difícil, y las críticas a los reportajes de Walter Duranty continuaban, por lo que el editor en jefe no quería correr el riesgo de que el trabajo de Benjamin trascendiera. Mientras el viejo Rockefeller estuviera vivo y su hijo quisiera mantenerlo contento, era poco lo que Hays podía hacer. Pero apenas se conoció la noticia de la muerte de John D. padre—y tratándose del New York Times la noticia se supo muy rápido—, se redactó el memorándum que le daba un día a Benjamin para que abandonara la oficina.

La noticia había tomado por sorpresa a Benjamin. La de la muerte, no la del despido. El viejo estaba tan seguro de que viviría hasta los 100 años que convenció a todos de ello. “Me faltaban tres años”, fue lo que pensó Benjamin al ver el memorándum, como si en el fondo le estuviera reclamando al viejo Rockefeller no haber sido capaz de cumplir su promesa. Entre aturdido y preocupado, Benjamin recogió sus apuntes y archivos, el ejemplar y alguna que otra pertenencia. No fue hasta el día siguiente que se dio realmente cuenta de que por primera vez tenía en sus manos un ejemplar de los que escribía, y en la noche, en medio de la duermevela, supo cuál tenía que ser el destino final de ese periódico, el último que escribió.

Tan poco habituado estaba Benjamin a tener el ejemplar en sus manos, que fue la necesidad de apartar la vista del espectáculo que se asomaba a través de la ventana del tren, lo que dirigió su atención al periódico. En cada casa destartalada, en cada camión o carreta abandonada, en cada niño harapiento jugando en un descampado, Benjamin veía las heridas de la crisis incesante. Él había tenido suerte, mucha suerte, primero por haber conseguido un lugar en la construcción de las torres del Rockefeller Center. En los días en que estaba por terminarse, o se había terminado, Benjamin no recuerda exactamente, una de las primeras torres, la familia en pleno estaba de visita y el viejo Rockefeller hacía gala de su simpatía y generosidad repartiendo monedas a todo el que se le acercaba. Incluso concejales y funcionarios públicos recibieron sus 10 centavos. Pero cuando por esas extrañas dinámicas de los flujos de personas, de pronto Benjamin y el viejo John D. se encontraron frente a frente, Benjamin se negó a recibir una moneda a cambio de nada.

-Tiene que comprarme alguna cosa, señor—le dijo Benjamin a Rockefeller, que tardó en reaccionar, algo sorprendido por la salida del muchacho.

-¿Y qué tienes para ofrecerme?—respondió Rockefeller.