Confieso haber estado embobado por La La Land, una obra llena de hyper-clichés de un Los Angeles que no existe. Tiene la música muy linda y el baile extraordinario, pero el personaje principal llega a abandonar el jazz de terruño a favor de una forma más pasteurizada y digerible para el gran público.

Varsovia, de Pedro Medina León, también es una obra en que la música juega un papel orgánico, e igualmente su tema-contexto es una gran ciudad, en este caso, Miami. Pero Varsovia evita todo cliché. No tiene ni siquiera una escena sobre la playa (a unas cuadras de sus personajes pero tan lejos de su existencia).  Es una novela policial noir en que el famoso sol de Miami queda opacado.  ¿Y dónde están los autos en esta novela de Pedro Medina León?

Según el cliché, “Los residentes de Miami  aman sus automóviles y los prefieren rápidos, hermosos y caros.  Miami es un paraíso para los que aman los autos” (ver: movoto.com). Sin embargo, en Varsovia, los personajes andan a pie. (El barrio de South Beach recibe un Walk Score de 97 sobre 100.)

Considere que el personaje principal, El Comanche, detective privado quien medio-resuelve sus problemas económicos jugando el billar, solo se encuentra una vez en un auto, manejando el vehículo de una mujer que conoció en un bar, en el camino a un “one-nighter”.  Porque la mujer a su lado le estaba dando un “appetizer” para su aventura sexual, el Comanche “perdió el control. El auto subió a la acera y se estrelló contra un stop sign”. El Comanche terminó encerrado por la policía.

Las otras dos frases breves sobre los autos no impactan ni a los personajes ni a la historia. Un hombre vestido de Batman en un Corvette azul dispara contra un grupo de negros, matando a uno, en un crimen abiertamente racista. Una mujer, de hecho la eventual víctima del asesinato de la novela, ve “qué linda era la gente… que iban al volante de uno de esos autitos descapotables,” que me recuerda la escena en la película Bread and Chocolate cuando los pobres trabajadores inmigrantes miran fijamente a los ricos bañándose desnudos.

En cambio, La La Land comienza con una escena de Freeway en que cientos de automovilistas se encuentran paralizados en tráfico, la fórmula perfecta para “road rage”. Ocurre lo contrario. Allí se germina un amor eventual entre los dos personajes principales, cada uno con su auto. Esperando que la circulación recomience, todos los conductores salen de sus carros y comienzan a bailar. Un himno a la autopista.

Los bailes en Varsovia son menos románticos. Son rumbas interminables en el hotel de un grupo mafioso, mezcladas con cocaína y sexo traficado, con un fondo  de música autóctona de las regiones costeñas de Colombia.

Antes de referirnos a los múltiples niveles de la novela Varsovia, de una vez hay que asegurar a los lectores más apasionados de las novelas noir de los años 50 hasta el presente: ustedes van a estar muy satisfechos. Varsovia pasará todas las pruebas en cuanto a personajes atormentados, argumento en ritmo acelerado y ambiente de orden jerárquico sexual casi antropológico.

El Comanche, viviendo en un cuarto pobre, atrasado con la renta y debiendo dinero de child support (nunca quería tener familia, pero Mariolys insistió en tener a la hija), se ve obligado a investigar “pro bono” el asesinato de una prostituta  inmigrante. Karina, la compañera amorosa ingeniosamente matriarcal de El Comanche,  le ha pedido que encuentre al culpable de la muerte de su amiga Kina, ya que el inspector Perez, en busca de Batman, da poca prioridad a encontrar el asesino de Kina. La vida de una prostituta no vale.

La obra relata pero no juzga. Los personajes principales viven al margen con salarios que no alcanzan, para nada, y cada explotado escoge cómo resolver, sea por vía legal precaria, como en el caso de Mariolys, sea en la economía subterránea, casi invisible para los turistas que atraviesan las mismas calles.

Miami: ciudad donde puede nacer una novela auténticamente latinoamericana              

La primera novela verdaderamente latinoamericana fue escrita por un español, Ramón del Valle-Inclán. Digo “latinoamericana” porque en su Tirano Banderas se mezclan los regionalismos de todo el continente,  cosa difícil para novelistas de un solo país latino.

Así es en Varsovia: un lenguaje rico que refleja las nuevas tendencias demográficas de Miami. Uno que ama el lenguaje regional puede fácilmente identificar el país de origen de varios personajes. El autor nunca nos dice directamente, por ejemplo, que Danger es un mexicano, pero cuando dice palabras como mande y chingadera uno lo sabe, y si no, vemos las fotos en su pared de futbolistas íconos mexicanos, como Hugo Sánchez, aunque yo diría que faltaba una foto del arquero Jorge Campos  (el único “defecto” de la novela).

Al mismo Comanche, “no le gustaba ni siquiera decir de qué país era.”  En fin, en el contexto de Miami, los latinos comparten suficientemente para que sus fronteras de origen se borren.

¿Pero es Varsovia una novela estrictamente latinoamericana?

Según la seductora, La Polaca, “Soy de todo el mundo. Ni mi culo ni yo tenemos bandera.”

 ¿Es Varsovia una obra musical?

Sin fijarnos en las canciones mencionadas a través de toda la obra, la prosa misma nos ofrece una música multi-rítmica, integrada con el argumento. Los “layered rhythms” de la salsa son, en Varsovia, los regionalismos en alternación.

Pero yo soy un lector agresivo. Para mí Varsovia es una obra musical porque tomo en serio cuando el autor se refiere a canciones que se oyen en el contexto del argumento, y las escucho  en Youtube, fijándome en la letra.

En las canciones hermosas de La La Land, encuentro la letra trillada: City of stars, are you shining just for me?

Los músicos preferidos de El Comanche son poetas de salsa cuya letra no tiene nada de trillada. Para poder comprender el personaje, y las intenciones del autor también, considero que la clave es saber por qué El Comanche ha escogido a Héctor Lavoe para su mantra personal en vez de Rubén Blades o Willie Colón, que él también escucha.  De hecho, el tema que le inspira más en los momentos difíciles es “El Cantante”, cantado por Lavoe, sí, pero escrito por Rubén Blades.

El Comanche visita la oficina de Danger, sitio de su negocio de telemarketing de un producto natural más eficaz que viagra. Se oye la música del grupo Molotov.

-Danger quitó el mute, Molotov cantaba Voto Latino. Son bien chidos, ¿verdad?

-Mejor escucha a Héctor Lavoe [responde El Comanche].

-Ese también es chingón.

En la letra de Rubén Blades, Willie Colón y también el hip hop mexicano de Molotov, los cantoautores dan su juicio, son poetas activistas con moraleja.

En general las canciones de Lavoe quedan sin moraleja. Para él,  La calle es una selva de cemento, como canta en su “Juanito Alimaña”. Juanito es un tipo abusivo, un matón, pero: Si lo meten preso / Sale el otro día / Porque un primo suyo / ‘ta en la policía.

Blades y Colón continúan como figuras internacionales mientras Lavoe murió joven después de una serie de enormes tragedias que acentúan  una tendencia auto-destructiva. El protagonista atormentado de una historia noir tiene que preferir a Héctor Lavoe.

Yo “escucho” la novela Varsovia. El el bar de billar Los Latinos, escucho Daddy Yankee (lamento no estar entre los 40 millones que aprecian el reggaetón). Escucho el músico de la costa colombiana, Diómedes Díaz, y las canciones dylanescas del argentino Andrés Calamaro, favorecidas por Karina, la chica del Comanche: A Karina le encantaba Calamaro; decía que podía morir por ese hombre, esas letras, esas canciones, era un genio, le provocaba comérselo. 

Varsovia es una novela rítmica que no necesita viagra. Para mí es también una musical como ninguna otra, sin el sentimentalismo cursi que se ve frecuentemente en el género.

¿Puede El Comanche encontrar el asesino, sin siquiera tener el uso de un automóvil? ¿Por qué la novela se llama Varsovia? ¿Tiene remedio El Comanche o seguirá su camino de decadencia? Lean Varsovia y saboreen un final exquisito.


Mark Cramer tiene un doctorado en literatura e historia de Latinoamérica. El tema de su tésis: la influencia de César Vallejo y Pablo Neruda sobre los poetas “deep image” de los EEUU. Ha dado conferencias de diversos temas, más recientemente sobre la ecología social: “Degrowth or Sustainable Development” y el ciclismo militante (su modo de transporte principal es la bicicleta). En su carrera periodística Cramer ha escrito sobre el viaje cultural, la política social y las carreras de caballos. Su introducción sobre Bolivia fue publicada en el sitio web de la embajada de Bolivia en las Naciones Unidas. Entre sus libros de ficción se destaca la novela Tropical Downs, siendo uno de los raros libros de ficción estadounidense cuyo tema es Bolivia (en particular, la Bolivia de la primera década del siglo 21).